CENIT portavoz de la regional exterior de la cnt-ait

"SI CADA REFUGIADO ESPAÑOL NARRASE SIMPLEMENTE LO QUE HA VIVIDO, SE LEVANTARÍA EL MÁS EXTRAORDINARIO Y CONMOVEDOR DE LOS MONUMENTOS HUMANOS" FEDERICA MONTSENY, 1978

18 octubre, 2005

PEDRO BERTRÁN WELLS: Anarquista por convicción


El revolucionario no tiene época, muchas veces no tiene nombre, nace, vive y muere al servicio de un ideal... no recibe nada por ello... no busca la Gloria... y no obtiene ni siquiera el recuerdo de la gente por la cual luchó, y muchas veces sufrió... el autentico revolucionario no busca otra cosa que servir a un ideal por su propia satisfacción... S. B. el H. quiere al rendir este homenaje a Pedro Beltrán Wells hacerlo con todos los héroes anónimos de todas las revoluciones.
J. W. de W. V.

Anarquista siempre

Nació en Francia y llegó niño a Cataluña. Tan pronto sintió inquietud social se hizo anarquista. Peleó con bravura en defensa de los trabajadores catalanes, españoles, europeos y de todos los del mundo. Iba detrás de una revolución plena, definitiva, sin transiciones; contra la propiedad, el estado y la iglesia. Nada de oportunidad para que la política pudiera corromper a los hombres, aun a los tenidos por revolucionarios. Suelo arrasado para sobre él construir una nueva sociedad: libertaria, igualitaria, fraternal. Tan descomunal propósito tenía que comportar riesgos, persecuciones, cárceles, torturas y a cada instante exhibir un ánimo gozoso para jugarse como nada el derecho a la vida. No creía en nacionalidades y su patria era el mundo.

Joven dirigente de un sindicato tuvo que encarar a Buenaventura Durruti, el León Confederal, en plena guerra civil, porque éste, imperioso, le dio una orden que él no quiso obedecer porque le parecía desacertada.

—Bien, muchacho, tienes razón, así se comporta un libertario —fueron las palabras con las que Durruti puso fin al diálogo caliente que sostenían, ante la mirada atónita de los militantes cenetistas que lo presenciaban.

Era de los integrantes del grupo Los Irreductibles de la Torraza, en Barcelona. Y Pedro, hasta que murió, hizo honor a ese nombre en materia de principios: IRREDUCTIBLE.

En la guerra civil española sirvió en la batería Sacco y Vanzetti. Me parece escucharlo:

"¡Cómo ardían las pilas de billetes a las que prendíamos fuego en las ciudades que tomaban las brigadas confedérales!"

"Hubo comida y alojamiento para todo el mundo en las poblaciones que íbamos liberando, porque sencillamente instaurábamos de inmediato una organización comunista".

"Eran ríos humanos los que se nos iban adhiriendo. Piedras y palos a falta de fusiles empuñaban los hijos del pueblo. Era un sol esplendoroso el que empezaba a bañar con su luz las cabezas y los corazones de los desposeídos".

"— ¿Cuántos hijos tienes?"

"—Ocho, pero no tengo trabajo".

"—No importa, toma tu libreta, el carnicero deberá entregarte la ración necesaria para alimentarlos".

"¡A vaciar toda esa porquería de la que están llenas esas edificaciones. Ahí vivirán ahora los que habitan en tugurios acompañados por las ratas!"

— ¿Qué hacemos con este gerente que trabajaba para esta empresa capitalista?

"—Nada, que siga en su puesto, él sabe su oficio, pero ahora no producirá para unos explotadores sino para el pueblo".

Y así seguía Pedro, viviendo la gesta con la que había soñado y de la cual había sido actor. Sus ojos anulosos, engastados en hondas cavidades y arqueados por unas cejas rubias, se perdían en la distancia mientras enhebraba sus recuerdos, para luego dar sitio a la mesticia, y continuar:

"Pero la burguesía que tenía sus representantes en el gobierno republicano, se asustó. Los políticos cedieron y ese gobierno decidió que no se le dieran más armas ni municiones a nuestras brigadas confedérales si seguíamos comunizando las regiones que caían bajo nuestro dominio. No queríamos transigir. Esas armas en nuestras manos debían servir para la liberación definitiva del pueblo trabajador y no simplemente para que tuvieran el derecho de hablar pendejadas y elegir cada cierto tiempo a unos políticos que sin producir nada útil son también una onerosa carga que soportan los hombros de la clase obrera. Pero ¡cono!" —las lágrimas gotean ahora sobre el pecho de Pedro— "era preferible para ellos que se perdiera la República a que triunfara la revolución. Indignados escuchamos por la radio el llamado que obligada por el gobierno nos hizo la gran compañera Federica Montsegni:
COMPAÑEROS: NI UNA MUNICIÓN MAS NOS DARÁN SI USTEDES SIGUEN COMUNIZANDOLO TODO. Y SIN NUESTRAS BRIGADAS EN LOS CAMPOS DE BATALLA SERA FÁCIL EL TRIUNFO DEL FASCISMO.
Tuvimos que convenir, por la fuerza, en pasar a ser unos defensores más de la República, cuyo concepto sonaba como una abstracción para la mayoría de los hijos del pueblo".

Por el mundo y en huelga

Se perdió la República y Pedro empezó a huir por el mundo y a luchar. En España lo condenaron a muerte. De Francia tuvo que huir porque lo querían encarcelar. Se vino a América. De los Estados Unidos tuvo que salir también. Llegó a Panamá y aquí la policía lo acosó. Se fue entonces a Santo Domingo. Por este pueblo sentía verdadera admiración. Creía que era uno de los mejores del mundo. Pero Rafael Leónidas Trujillo, el dictador, no podía permitir la presencia de un hombre como él en Santo Domingo. A escapar pues, de nuevo y esta vez definitivamente hacia Venezuela.

Llegó a nuestro país recién caído el gobierno de Rómulo Gallegos. Un amigo español le consiguió trabajo en un expendio de vinos. Y cuando en la huelga petrolera del 50 la Asociación Nacional de Empleados convocó a la solidaridad con los trabajadores de esa industria, el único empleado de Caracas que al leer el manifiesto de ANDE se paró, fue Pedro Bertrán Wells.

— ¡Pedro, estás loco, nadie está en huelga en esta ciudad! —le advirtió el patrón.

—No están en huelga por sinvergüenzas, pero aquí está el llamado de la organización de los empleados y yo la acato aun cuando no estoy formalmente afiliado a ella todavía. —fue su respuesta de verdadero internacionalista.

Pedro, que ningún contacto mantenía en aquellos momentos con los hombres que dirigían la resistencia contra la dictadura, se mantuvo cuatro días en huelga él sólito. Era una cuestión de principios y no de conocer a los convocantes de la huelga.

Torturas y presidio

Una noche José González Navarro huía perseguido por agentes de la S.N. y se refugió en la casa de un español amigo. Pedro, quien también era allegado a esa familia, se presentó. Le comunicaron lo que pasaba; y Pedro, que jamás en la vida había tenido noticias de González Navarro, se hizo cargo de éste con las siguientes palabras:

"Un hombre que lucha por la libertad en cualquier parte del mundo es mi hermano y le debo solidaridad".
Después conseguimos para González Navarro la "concha" de la señora Adela Silva en Monte Piedad y aquí conocí a Pedro.

Pedro me enseñó a fabricar bombas pero también contribuyó al fortalecimiento de mi personalidad.

Lo apresó la S.N. el 12 de octubre por la noche y, como era extranjero y andaba indocumentado, sobre la marcha iniciaron las torturas contra él. No dijo una palabra comprometedora.

—Terminen pronto conmigo que siempre contestaré igual: no sé nada sobre Jaime Guaz ni sus bombas —dijo una y otra vez hasta que lo dejaron quieto.

Sangrando su pecho cubierto de pelos amarillos que ahora estaban teñidos de rojo, su fornida espalda y sus muslos, lo tiraron como a un saco de basura dentro de un calabozo.

A Guasina, a aquella isla del infierno, fue enviado con militantes de A.D.

Nos reencontramos en la Cárcel Nueva de Ciudad Bolívar en abril de 1956.

—Con tu llegada aquí he visto el cielo. La mayoría de tus compañeros son unos pobres diablos y algunos son unos hijos de putas, egoístas, sin nada de revolucionarios, que no saben nada de nada y ni siquiera por qué están en un Partido Político —
me expresó francamente tan pronto como pudimos hablar.

Me pidió que consiguiera una litera para los dos a fin de evitar caerse a trompadas con el compañero que dormía en la cama de arriba. Lo hice. El, tenía un carácter muy fuerte y a cada rato podía reñir con otros presos. Pedí al Comité de Cárcel que me lo pusieran como ayudante para los servicios de cocina y aseo. Empezó a dar clases de castellano y de francés a varios compañeros y a estudiar contabilidad teniéndome como profesor. Su edad en el 56 rayaba en los sesenta años, pero disponía de una fuerza física y de un ánimo correspondiente a uno de 40. Era mediano de estatura pero de puro músculo. Caminaba empinándose un poco y con los pies ligeramente hacia dentro. Jugaba incansablemente voleibol. Eloy Martínez Méndez —con quien hizo muy buena llave— lo enseñó a jugar bolas criollas. Por cierto que una mañana se armó el escándalo en nuestro pabellón por un mano a mano que jugaba conmigo. Yo había sido campeón bochador en un torneo realizado semanas anteriores. Pedro y yo iniciamos el partido y le cedí el mingo. Lo tiró lejísimos donde mis brazos no pudieran alcanzar y empezó a ganarme. Cuando los demás presos recibieron la noticia de que Pedro me estaba dominando, empezaron a salir de sus calabozos, formaron un callejón humano y una algarabía terrible en favor de Pedro. Hacían todo lo posible por desmoralizarme. Pedro me tenía quebrado. Mi brazo no llegaba adonde llegaba el suyo. Colocó la tantera 11 x 0 a su favor. Estaba a punto de darme un "capote". Si lo hubiera logrado los detenidos echan las paredes abajo de contentos. Cuando iba para el remate, la suerte me ayudó porque le hice un tanto y cogí el mingo. Lo halé corto que era la distancia en la cual yo bochaba bien. En tres tiros logré los once tantos que me faltaban. La decepción fue grande entre los agresivos espectadores, pero en cambio Pedro me miró fijamente, se sonrió y me abrazó diciéndome:

— ¡Cono, qué bien, sé siempre en todo así, nunca te entregues!

Pedro fumaba mucha pipa y sus compañeros con cierta regularidad le enviaban picadura. Pero cuando se le terminaba, recogía del suelo las colillas de los cigarrillos que tiraban los otros fumadores, las desbarataba y llenaba su pipa. Y un día, un bruto que lo vio agachándose para recolectar los cabos, le preguntó por qué no pedía cigarrillos o picadura a otros que tenían. Pedro lo miró con cara de arrecho y le respondió:

—Porque no soy hombre que le pide a los que, teniendo, no me ofrecen.

Desde aquel día los fumadores se preocupaban por averiguar si le faltaba o no picadura.
A casi todos los presos en Bolívar les gustaba que fuera un cura a la cárcel porque era la oportunidad en que nos reunían a los de los distintos pabellones para que oyéramos la misa. Un día llegó un sacerdote y Negro Blanco —un guardia de los S.N. de muy malos instintos—, subió a ordenarnos que bajáramos al patio para escucharlo.

—Vamos, Pedro —le invité.

—No joda, no bajo a oír a ese cabrón de cura ni que me maten n plan. Si quieres baja tú y que bajen los otros, pero lo que soy yo no convalido con mí presencia un hecho bochornoso como ese de escuchar a un hombre que viene a decir mentiras.

Tuve que ideármelas para Convencerlo de que se metiera al retrete a fin de engañar al guardia diciéndole que por estar Pedro enfermo, no podía bajar éste ni yo tampoco por cuanto debía quedarme cuidándolo.

Con cédula y trabajo

El 24 de enero de 1958 que nos dieron la libertad, él y yo, junto con otros, viajábamos hacia Caracas en autobús. Mientras esperábamos la chalana en la orilla del Orinoco, llegó Jiménez Moya —el mismo que estuvo en Venezuela con la escolta de Fidel Castro el 59 y que después murió al invadir Santo Domingo, su patria, para liberarla de Trujillo—, a buscarme en un carro expreso. Jiménez Moya había trabajado bajo mi dirección en la resistencia. Bajé a Pedro conmigo del autobús y nos metimos en el automóvil. A la casucha donde vivía mi familia en La Pastora llegamos como a la una de la mañana del 25. El único espacio que allí había para Pedro era el zaguán y en él durmió.

Al día siguiente o, mejor, el mismo 25 en la mañana salimos a buscar sus compañeros y los encontramos.

Luego confrontamos problemas para dotar a Pedro de sus documentos de identidad. Desde que salió de España andaba sin éstos o con unos falsos. Por nada quería legalizar su situación en Venezuela después del 24 de enero del 58. Le proporcionamos los papeles contra su voluntad. Planteé su caso ante el CEN de A.D. Expliqué qué clase de hombre era y cuál había sido su comportamiento en la lucha frente a la tiranía. Se resolvió que el Dr. Gonzalo Barrios valiéndose de su amistad con el Dr. Numa Quevedo, quien era Ministro del Interior en esos momentos, tratara a éste francamente el caso y consiguiera para Pedro una cédula de identidad atropellando cuantas disposiciones legales fuera necesario. El Dr. Barrios cumplió muy bien. Pero no todas las disposiciones podían burlarse. Para venezolanizar a Pedro era necesario indicar en qué sitio del país había nacido y en qué fecha. Todo tuve que inventarlo. Posiblemente lo puse a nacer en Guarebe, en Guaribe o en Guanape. Recibí la cédula, se la metí en el bolsillo y le advertí:

"Pórtala siempre. No nos hagas pasar por la vergüenza de tener que irte a sacar de un retén policial por indocumentado".
No habló, me miró reflexivamente y con un gesto me dio a entender que aceptaba la cédula como un remedio que yo lo obligaba a tragar.

Luego vino el problema de conseguirle trabajo. José Agustín Cátala, diligentemente, se lo obtuvo en una dependencia oficial. Cuando se le informó, rechazó decididamente la oferta.

"Trabajar yo en una dependencia del Estado que envilece al pueblo por más democrático que sea su gobierno, de ninguna manera. Prefiero morirme de hambre1*.
Fueron éstas más o menos sus palabras. Casi todos los que habían sido sus compañeros en las cárceles y campo de concentración, estaban preocupados por él. Hasta que Simón Alberto Consalvi le logró ocupación en la revista Momento como traductor o corrector de pruebas.

A Josefa, su esposa, la trajimos de Francia. No se veían desde el año 39. Como los hijos de ambos aceptaron prestar servicios en el ejército francés, Pedro rompió definitivamente con ellos y más nunca quiso saber nada de sus hijos.

Por las funerarias

Pedro enfermó mientras trabajaba en Momento, pero se negaba a ir al médico porque se le creaba un problema moral: cobrar un sueldo sin haber efectuado el trabajo correspondiente. Por fin aceptó, pero ya la enfermedad estaba muy avanzada. Días después se desplomó en su puesto de trabajo. De emergencia lo condujeron al Hospital Clínico de la Ciudad Universitaria. Sus compañeros me llamaron para notificarme lo de su hospitalización. En esos días yo estaba trabajando en la preparación de un CDN de Acción Democrática en mi carácter de Secretario de Organización, pero hice un tiempo y fui a visitarlo. Cuando me vio llegar trató de incorporarse en la cama porque tal vez pensó que para él era un deshonor el que yo lo viera acostado. ¡Tanto me había aconsejado el que me mantuviera siempre erguido! Le salté encima, lo reprendí y lo empujé sobre la almohada. A su lado estaba su compañera Josefa, tranquila, con la insensibilidad de la heroína, como agotada toda su capacidad de sufrimiento.

Tres días después, en los momentos en que hacía uso de la palabra en el CDN hubo una llamada para mí como a las once de la noche que no pude atender. Cuando concluí, Betty Blanco, la Secretaria, me informó:

"LO LLAMARON PARA NOTIFICARLE QUE MURIÓ EL SEÑOR PEDRO BERTRÁN".

— ¿Dónde lo tienen? —pregunté conmovido a Betty. —No explicaron más nada.

Salí a buscar su cadáver por todas las funerarias. A las ocho de la mañana del día siguiente lo encontré en La Voluntad de-Dios, en Puente Hierro. No había nadie acompañándolo, ni siquiera Josefa. Prorrumpí en un llanto. Sobre el corte de la urna que permitía ver su cara, apoyé la mía y bañé de lágrimas aquel espacio. Cuando me recobré y pregunté si alguien lo había acompañado durante la noche, me respondieron que sí, que muchos, pero que casualmente hacía media hora que todos se habían marchado a cambiarse para luego regresar e ir al entierro. En efecto, poco rato después llegaron sus compañeros, sus amigos y también Josefa. Lo sepultamos a las once de la mañana, en el cerro situado a la derecha al entrar en el Cementerio General del Sur.

Su nombre verdadero no era este de Pedro Bertrán Wells. Un día estuvo a punto de confesármelo pero vaciló y no insistí. Deduje que su apellido era Robespierre. Lo sabré alguna vez aun cuando para ello tenga que viajar a España y Francia. Es el hombre de más grande dimensión humana y moral que he conocido y el único al que yo hubiera deseado parecerme. Ese sí era grande en el pensamiento, en su conducta y en su acción.

Pero revolucionario integral que prefirió la anonimía a la figuración, pocos seres en el mundo saben que existió tan acabado ejemplar de nuestra especie.

Tomado del libro "Por un Caballo y una Mujer·" de Salom Mesa Espinoza (Valencia 1978)
(texto remitido por F. Castilla)